lunes, 7 de marzo de 2016

MATILDE MONTOYA

La doctora Matilde

Hace 154 años nació la primer médica cirujana en México, conoce su historia.







Los obstáculos que sorteó una mujer en el siglo XIX para ser la primer médica. Aquella tarde del 24 de agosto de 1887, poco antes de que el reloj de la iglesia de Santo Domingo diera las cinco de la tarde, por el portón de la Escuela Nacional de Medicina entraban más personas que de costumbre. La mayoría no eran estudiantes ni profesores: se trataba de insignes médicos, ingenieros y abogados, damas encopetadas de la élite porfiriana y funcionarios de primer nivel.Todos pasaban a un salón reservado para asuntos menores que, ese día, sería escenario de una ocasión más que especial. Cinco minutos antes de comenzar, un enviado del Palacio Nacional avisó que estaban en camino el mismísimo general don Porfirio Díaz y su esposa Carmelita, acompañados del secretario de Gobernación, Manuel Romero Rubio.
Los directivos urgieron a pasar de inmediato al magnífico salón de actos y a las cinco se hizo silencio. Matilde Montoya sintió a su espalda los ojos de la concurrencia.
Al frente, los seis severos profesores del jurado, médicos eminentes, durante dos horas le lanzaron preguntas de anatomía, microbiología, higiene, patología, farmacología... Temblaron las sílabas en la primera respuesta, pero después las palabras brotaron con fluidez y convencieron al jurado. Un nutrido aplauso recorrió la sala y los pasillos. Don Porfirio la felicitó. Nunca antes una mujer había tenido el atrevimiento de presentar su examen profesional para titularse como médica cirujana.
A la mañana siguiente llegó al Hospital de San Andrés para la parte práctica del examen, cuyo jurado presidió Romero Rubio, en nombre del Presidente. Empezé el recorrido por los pabellones del hospital. Cada profesor elegía a un enfermo como caso clínico, y ella debía emitir diagnóstico y pronóstico. El trecho final, la prueba ante un cadáver, despertaba más dudas acerca de la entereza de Matilde, pero a ella no le tembló el bisturí.

Cuando se escuchó “aprobada por unanimidad”, los presentes, incluida su madre y compañeros, aplaudieron vigorosamente. Romero Rubio improvisó un elogio del gobierno a la mujer... aunque de 11 millones de mexicanos sólo hubiera una médica cirujana partera titulada.

La flamante doctora recobró el aliento para escuchar el poema con que María Argumedo celebró su osadía de pisar territorio masculino. Recibió su título de manos del secretario de Gobernación, con lo que el gobierno validó el derecho de las mujeres a obtener títulos universitarios.


Considero justo reconocer la labor de la mujer y hacer mención de quien es considerada la primera mujer médica de México: Matilde Petra Montoya Lafragua, cuya vida está marcada por hechos que indudablemente pueden considerarse como heroicos. Esta extraordinaria mujer nació en la ciudad de México el 14 de Marzo de 1857. Su madre, que era orgullosamente originaria de nuestra ciudad de Puebla se había casado con un hombre conservador y extremadamente moderado. Bajo este carácter dominante, le prohibía incluso hasta “salir a la calle”, de modo que, cuando nació su hija no tuvo más que dedicarle todo el tiempo para educarla en una forma excepcional. A los cuatro años de edad, ya sabía leer y escribir, convirtiéndose en una ávida lectora. El padre, no comprendiendo este interés en cultivarse, le limitaba el acceso a la educación, que fue transpuesto por la madre consiguiendo libros y apuntes de todo tipo. Esto dio lugar a una cultura y educación sobresaliente que curiosamente iba a marcar una vida de lucha y polémica, pues desde pequeña era rechazada de las escuelas por su corta edad. Con maestros particulares, la futura doctora Matilde se preparó para el examen oficial de Maestra en Primaria que aprobó sin dificultad; pero debido a que contaba con 13 años de edad, no le fue otorgado un puesto, pese a estar titulada. Sin rendirse, continuó estudiando de modo que 3 años después, recibió el título de Partera de la Escuela de Parteras y Obstetras de la casa de Maternidad. Ya para entonces tenía bien definida su vocación de ser médica. Para poder lograrlo, trabajó con dos médicos (Luis Muñoz y Manuel Soriano) buscando como objetivo ampliar conocimientos en Anatomía General y terapéutica.
A los 18 años logró un amplio reconocimiento social; sin embargo, sufrió el rechazo contundente de médicos locales que la acusaron de “masona y protestante” y a través de notas periodísticas, invitaron a la población para dejar de acudir con dicha mujer poco confiable. Para contrarrestar estos hechos, se inscribió en la Escuela de Medicina de Puebla y fue aceptada por su brillante examen de admisión, motivo por el cual la admitieron en una ceremonia pública a la que concurrieron el gobernador del estado, todos los abogados del Poder Judicial, numerosas maestras y muchas damas de la sociedad que le mostraban así su apoyo. Pero los sectores más radicales redoblaron sus ataques, publicando un artículo encabezado con la frase: “Impúdica y peligrosa mujer pretende convertirse en médica”.
Agobiada por las críticas, Matilde Montoya decidió trasladarse a la ciudad de México, donde solicitó su inscripción en la Escuela Nacional de Medicina, siendo aceptada por el entonces director, el doctor Francisco Ortega, en 1882, a los 24 años. Pero no faltaron quienes opinaban que “debía ser perversa la mujer que quiere estudiar medicina, para ver cadáveres de hombres desnudos”.
Mientras estudió, siempre fue sujeta de críticas, burlas, escarnios y protestas debido a su presencia como única alumna, aunque también recibió el apoyo de varios compañeros solidarios, a quienes se les apodó “los montoyos”.
Después de una serie de intentos fallidos por darla de baja y una lucha feroz, logró el título de médica, solamente bajo el apoyo presidencial de Porfirio Díaz. Entonces tuvo qué enfrentarse a otro problema: la difamación de que había obtenido su título por “decreto presidencial”.
El 24 de agosto de 1887 por fin logró titularse, desempeñando una carrera particularmente productiva y brillante hasta su muerte, el 26 de enero de 1939 a la edad de 79 años.
Indudablemente la doctora Matilde Petra Montoya Lafragua es ya un icono de nuestra historia pero sobre todo, marcó la ruta para que las mujeres, en nuestro país, pudiesen tener acceso a la educación y desarrollo en todas las profesiones. Bajo esta visión, ningún elogio es suficiente para reconocer su valor.



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